martes, 12 de agosto de 2008

El amor nos vuelve tarados.


Volviendo a revisar en la Biblia del pensamiento de las pampas argentinas —el «Martín Fierro»— encontramos siempre una frase que defne a cada uno de los temas de la vida. En lo referente al enamoramiento del hombre, dice: “Es zonzo el cristiano macho / cuando el amor lo domina”. En realidad, quedaba mejor decir tarado, pero al poeta José Hernández la palabra tarado no le entraba bien en el verso. También podríamos decir que el amor nos vuelve necios, tontos, memos, idiotas, lelos, imbéciles, palurdos, estúpidos y/o soquetes.

Y es así: los hombres enamorados se vuelven unos tarados y dejan de lado la mucha o poca lucidez que tenían antes de encandilarse por un par de ojos redondos, bien parados y turgentes. Luego, con el amor viene el casamiento. Y se sabe que el hombre, para llegar al casamiento, tiene que estar muy, pero muy enamorado, porque si el amor no lo volvió tarado y
está lúcido, no lo enganchan para la ceremonia nupcial ni loco, ni ebrio, ni dormido.

Para un tipo enamorado todo es lindo, y ésa es, quizás, la única explicación de que muchos esperpentos femeninos que recorren nuestra ciudad han conseguido pareja. Es que toda mujer que logre enamorarnos, terminará siendo la mujer de nuestros sueños. Porque, póngale usted la frma que, de ahí en adelante viviremos como perfectos dormidos. Además de volvernos ciegos, el amor nos vuelve sordos, lo que nos permite soportar hacer el amor cuando nuestra pareja puso en el centro musical un compact de Luis Miguel o Enrique Iglesias. Aunque, en materia de música, los ritmos que mejor acompañan al romanticismo de un enamorado son las melodías de un tango o un bolero, según los distintos enamorados que las escuchan. El tango es ideal para el tarado triste y el bolero para el tarado alegre.

Hay que ser muy despistado para no darse cuenta cuándo uno está enamorado. Porque si no hay diferencia con nuestro comportamiento anterior y hacemos tonterías como siempre, es que ya éramos idiotas mucho antes de enamorarnos.

Pero esto de enamorarnos o no va más allá de nuestra voluntad. Uno, que se siente invulnerable a los peligros de una tierra salvaje, o no siente miedo frente a ese mastodonte con forma de portero de discoteca que pretende no dejarnos entrar, es capaz de temblar como una hoja en el viento frente a una pequeña mujer, de no más de un metro sesenta y cinco de altura, pero con unas medidas de noventa-sesenta-noventa que le desbordan el minúsculo top de seda y le rellenan perfectamente los vaqueros. Y le agrego que uno es capaz de enamorarse de ella, a pesar de que esa persona no sabe qué equipo de fútbol lidera en la punta del campeonato o quién es Schumacher y cuántos títulos mundiales tiene. Por algo dicen que el corazón tiene razones que la misma razón desconoce. Eso pasa porque al enamorado no le queda otra opción que razonar con el corazón, ya que cuando se enamora pierde la cabeza. Y nunca se sabe si un hombre enamorado vive en el séptimo cielo o en una nube de gases estomacales. Pero, para el resultado fnal, las dos cosas son iguales.

No hay comentarios.: